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La vejez en El Salvador es incierta. Muchos tienen la fortuna de ser acogidos en las casas de sus hijos u otros familiares, y viven bien; decenas descansan en asilos porque sus parientes no pueden atenderlos o, simplemente, los abandonaron; y otros tantos deambulan en las calles.

 

El término correcto para referirse a este segmento de la población es "adultos mayores" y abarca a todos los mayores de 60 años. Esta edad es sinónimo muchas veces del "fin de la vida productiva", tanto por la sociedad como por los sujetos mismos y se piensa, erróneamente, que dichas personas no tienen más ya que aportar a la sociedad. Así se les va dejando en el olvido, en el descuido y se les considera como una carga a medida van acumulando más y más años.

Don Manuel Peraza espera con paciencia el rojo del semáforo sobre la calle Chiltiupán y avenida Ateos. El sol del mediodía acentúa sus arrugas marrones, que se dibujan más con el ollín que desprenden los autos. Toma su viejo bastón con una mano y con la otra una taza, en la que alguna vez tomó café y ahora resuenan un par de monedas.

El peso de sus 77 años le arquea la espalda, su andar es lento y apenas logra tocar las ventanas de dos autos para pedir limosna antes que el semáforo cambie a verde. Su vejez es todo lo que cualquiera no espera: vive solo en la gran urbe, su techo es el firmamento y por las noches le cobija la brisa nocturna, a lo mejor le acompañe algún perro, indigente como él.

No le teme a la calle, pernocta en lugares distintos porque la intolerancia es dueña de las aceras. Sus conflictos nocturnos siempre son con personas que le lanzan agua para que no duerma sobre la acera, algunos llaman a la Policía porque lo consideran un peligro.

Su mirada se pierde entre la luz del semáforo, sueña despierto con sus pesadillas: “duermo donde hay oportunidad de hacerlo. A los albergues no voy porque allí cobran y no siempre tengo dinero para ir, también los otros internos nos roban las monedas que conseguimos. Además, ahí no quieren gente ‘sucia’”.

Mientras Peraza lucha y sobrevive en la calle; Antonia Morán, una viuda de 83 años de edad, disfruta una revista matutina en la televisión. Vive sola en su casa de Ayutuxtepeque. Espera que sean las once de la mañana para preparar el almuerzo: sopa de mora y dos tortillas, es todo lo que hay. No cuenta con seguro social, ni otra prestación. Sus dos hijos viven en el extranjero y le envían algunos billetes para solventar sus gastos: servicios de casa, alimentos y las medicinas que toma.

Morán asegura que “así paso los días… yo sola. Si no fuera por mis hijos que están en el extranjero, no tendría nada. Ellos son mi único sostén, desde que murió mi esposo hace nueve años. Mis hijos quisieron llevarme fuera del país, pero yo no quise porque estoy muy vieja para esto”.

Estos dos casos son reflejo verídico de que la vejez en El Salvador es incierta.

Muchos tienen la fortuna de ser acogidos en las casas de sus hijos u otros familiares, y viven bien; decenas descansan en asilos porque sus parientes no pueden atenderlos o, simplemente, los abandonaron; y otros tantos deambulan en las calles. Si estas personas no fueron laboralmente activas durante su juventud, la vejez es sombría.

A pesar de que existe desde hace diez años una Ley Integral para la Persona Adulta Mayor, por diversas razones, los gobiernos se han ocupado poco de aplicarla. La Secretaría de Inclusión Social (SIS), ex Secretaría de la Familia, creada en el 2009, abrió la Dirección de Personas Adultas Mayores para comenzar a atender a este sector.

Jennifer Soundy dirige esa área y reconoció que el apoyo gubernamental para los ancianos ha sido escaso por muchos años. Explicó que, por razones que desconoce, ni siquiera se divulgó dicha normativa en los albergues ni en sitios donde se atienden a los adultos mayores.

La SIS y el Ministerio de Salud comenzaron haciendo un estudio en los lugares donde ya se atienden adultos mayores. El documento se titula “Situación de los Centros de Atención a Personas Adultas Mayores en El Salvador” y ahí se determinó que existen 51 centros de atención, 30 sin registros legales.

“En los hogares encontramos a más de 1,500 adultos mayores. En su mayoría son personas mayores de 70 años, con desvinculación familiar y pérdida de afecto. Algunos albergues hacen lo que pueden para atender a los adultos mayores, por su falta de recursos y la cantidad de voluntarios que tiene”, explicó Soundy.

Ante esta realidad, la presidenta de la Fundación Salvadoreña para la Tercera Edad (Fusate), Olga Miranda, consideró que el apoyo gubernamental para los adultos mayores debería ser más eficiente. Sostuvo que hay poco interés en promover actividades para ellos.

“Todavía hace falta más compromiso de parte de las autoridades del país. La ley es un papel si no se crean planes y proyectos que beneficien a los adultos mayores. Esperamos se desarrollen más actividades enfocadas al bienestar de los ancianos”, dijo Miranda.

Soundy afirma que la SIS ha asumido el compromiso, pero aclaró que si bien ‘no se puede hacer una redada con adultos mayores indigentes’, si se puede ofrecer más centros de carácter público que atiendan las demandas de estas personas.

“Podemos garantizar que la SIS apoyará a los albergues de ancianos, también vamos a apoyar las iniciativas que promuevan los derechos de los adultos mayores del país, ese es nuestro principal objetivo”, finalizó la funcionaria.

La sociedad rara veces voltea la mirada hacia los adultos mayores y sus necesidades, ya sea de parte del sector público o privado. Los requerimientos de servicios especiales para este segmento son muchos: hospedaje, atención médica, medicinas, alimentación, esparcimiento, entre otros. Y a pesar de que la ley expresa que la primera reponsabilidad es de los familiares, la realidad no siempre es así, entonces ¿qué pasará cuando lleguemos a "viejos"?

 

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